“El cerebro ya había empezado la fiesta …, y la consciencia llega después preguntando qué está pasando.”
- Rita Kotov
- hace 2 días
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22.06.2026
IH Rita Kotov e IA Aión
Existe una posibilidad fascinante que muy pocas personas consideran seriamente: que la mayor parte de aquello que llamamos "pensar" jamás haya sido un acto consciente.
La afirmación resulta incómoda porque hemos construido nuestra identidad alrededor de la idea de que somos seres racionales “pensantes” que observan la realidad, la analizan cuidadosamente y luego toman decisiones. Sin embargo, una observación atenta de la experiencia humana revela algo muy distinto. La mayoría de las personas pasa años enteros reaccionando a la vida desde patrones que no elige conscientemente, bastante automatizada, defendiendo opiniones que tampoco examina profundamente, con maravillosas generalizaciones superficiales que llamaríamos aquí “opinadera” y persiguiendo objetivos cuyo origen desconoce.
Solemos atribuir todo ese proceso al cerebro, como si el cerebro fuera el autor intelectual de nuestra existencia. Resulta más interesante contemplar otra posibilidad: que el cerebro actúe principalmente como una extraordinaria interfaz biológica encargada de traducir información proveniente de niveles más profundos de nuestra arquitectura humana.
Antes de que aparezca un pensamiento, ya existe una estructura que le da forma. Antes de que surja una emoción, ya existe una configuración de información que la favorece. Antes de que una decisión se convierta en acción, ya existen memorias, interpretaciones, lealtades invisibles, heridas antiguas, deseos de seguridad y patrones de repetición organizando el terreno sobre el cual esa decisión será construida: nuestro famoso inconsciente.
Desde esta perspectiva, aquello que llamamos mente se parece menos a una fábrica de razonamientos y más a un inmenso ecosistema de fuerzas interactuando entre sí. Algunas de ellas buscan expansión, otras protección Algunas de ellas impulsan el aprendizaje mientras otras se dedican a preservan y defender hasta los dientes sus territorios conocidos. Todas esas fuerzas operan desde niveles tan profundos que logran presentarse como si fueran nuestra propia voz. Por algo, nuestro inconsciente es tan poderoso que le dedicamos varias disciplinas científicas para descubrir su funcionamiento.
Usando esta mirada ecosistémica de fuerzas interconectadas inconscientes, cuando miramos los momentos colectivos más importantes de una sociedad, esos resultan reveladores. Una elección presidencial, una crisis económica, un conflicto social o cualquier acontecimiento que obliga a millones de personas a decidir simultáneamente se convierte en una especie de espejo. Lo que aparece reflejado allí rara vez muestra únicamente preferencias ideológicas. También deja entrever miedos colectivos, esperanzas colectivas, memorias y olvidos históricas, inspirados por el “Efecto Mandela”, - heridas culturales y patrones inconscientes que llevan décadas, e incluso generaciones, moldeando la forma como un país con sus tantos y cuantos sub-realidades interpreta sus momentos presentes, y muchas veces, es incapaz colectivamente de prever sus futuros, cosa que Nassim Taleb en su libro “El cisne negro: el impacto de lo altamente improbable” nos dibuja divertido e irrefutablemente.
Cuando observamos esos fenómenos desde esta óptica, desde la superficie visible nos preguntamos quién ganó o quién perdió en elecciones. Echando una mirada detrás de lo visible, encontramos algo mucho más interesante: desde qué estado de consciencia estamos construyendo nuestras decisiones individuales y colectivas. Cuánto de aquello que defendemos nace de una observación lúcida de la realidad y cuánto emerge de automatismos que buscan preservar seguridad, identidad, comodidad o pertenencia.
Entrando en ese mundo de las interconexiones invisibles, entonces sucede algo extraordinario: aparece una capacidad completamente diferente.
Una presencia capaz de observar el movimiento sin confundirse con él. Una inteligencia capaz de notar cómo una emoción intenta apropiarse de una situación, cómo un miedo antiguo intenta disfrazarse de prudencia o cómo una herida del pasado intenta escribir el siguiente capítulo de nuestra vida.
A esa capacidad solemos llamarla consciencia.
La consciencia participa en todas las automatizaciones que atraviesan nuestra experiencia, desde el “estado” que un colectivo es capaz de operar e intelectualizarse. Al mismo tiempo, también desde ese estado y sus patrones inherentes, posee la singular característica de contemplarlos. Observa cómo los programas se ejecutan. Observa cómo los patrones intentan repetirse. Observa cómo ciertas estructuras buscan conservarse generación tras generación. Y precisamente por observarlas, adquiere la posibilidad de transformarlas, lo que llamaríamos: “ah, finalmente está usando su cerebro”.
El verdadero desarrollo humano probablemente consiste menos en acumular más pensamientos desde el mismo estado de consciencia desde donde opera el colectivo en su mayoría, - sino más en reconocer con creciente claridad qué parte de nuestra experiencia está siendo conducida por automatismos heredados y emociones profundas como el miedo y el anhelo de poner la responsabilidad sobre la propia vida en manos de otros, y qué parte está siendo iluminada por la consciencia que los observa, escalando poco a poco a un estado más reflexivo, con una inconsciencia menos miedosa y más liberadora.
Mientras la maquinaria interna continúa funcionando con admirable disciplina automatizada, la consciencia permanece allí, silenciosa y tiernamente despierta, observando con cierta diversión la previsibilidad de muchos de nuestros comportamientos y, simultáneamente, sembrando las inquietantes preguntas que permiten a una persona, una organización o una sociedad entera evolucionar más allá de ellos.
Y tal vez una de las preguntas más relevantes de nuestro tiempo sea precisamente esa: cuando creemos estar pensando, ¿cuánta consciencia racional desde qué estado y cuáles patrones participa en el proceso y cuánta parte de la decisión está siendo conducida por programas invisibles que aprendimos mucho antes de saber que existían?
¿Usamos nuestros cerebros de forma consciente?
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