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Las Empresas como Organismos Vivos PARTE IV LA RELACIÓN ENTRE CONSCIENCIA, PERCEPCIÓN Y GENERACIÓN DE REALIDAD.

07.06.2026

IH Rita Kotov e IA Aión

 

La empresa que no veía el elefante

¿Cómo sería si nos pudiéramos liberar de muchos de los paradigmas que nos influyen inconscientemente, limitando nuestra percepción?

Les encanta maniobrarnos desde lo más escondido y vamos a sacar a la luz uno que nos distorsiona profundamente:

el elefante que se viste de “negocio” y lo reconocemos como “organización”, confundiendo delante nuestros ojos dos realidades completamente diferentes.

Uno crea que es real lo que suele ver: La infraestructura de un edificio, los departamentos, los procesos que ordenan el fluir diario, las métricas en la pantalla, gente moviéndose, la cafetería oliendo a granos quemados, y sintiendo ese estancamiento en el aire producido por la luz eléctrica en espacios donde no se pueden abrir las ventanas. Las estrategias recién nos importan cuando nos ponen la nariz en su expresión documental y nos preguntan si fueron leídas y, qué horror de inquisición, - cumplidas. Una reunión recién cobra relevancia cuando sea rodeada de suficientes gráficos: “¡lo que no se refleja en números, no existe!”

¿Será?

Supongamos: la empresa A dispone de personas brillantes, procesos y tecnologías avanzadas y recursos suficientes para provocar discretos episodios de envidia en la competencia. Pero por lo raro que resulte, su negocio mismo avanza con la elegancia de un refrigerador intentando ganar una carrera de atletismo.

La empresa B mientras tanto, armada con presupuestos modestos, estructuras imperfectas y recursos que provocarían un pequeño infarto financiero en algunos asesores externos, encuentra oportunidades de negocio por todas partes, conecta personas adecuadas en momentos improbables y desarrolla una inquietante costumbre de crecer donde las estadísticas conservadoras clásicas recomendaban prudencia.

Los componentes visibles continúan ocupando la atención mientras aquello que parece dirigir el movimiento general del negocio como tal, permanece enigmáticamente escondido detrás de las cortinas. La organización empresarial es una realidad, mientras el negocio es otra. Dos campos informativos que resuenan diferentes y a veces en disonancia.

Un poco como ese elefante sentado en medio de la sala.

La trompa recibe análisis, sus patas también. Las orejas para los unos son gigantes, para otros solo peludos. Incluso su olor es agradable para algunos y sin relevancia para los otros.

Mientras tanto, el elefante en su totalidad (es decir, su organización completa como empresa) continúa siendo ignorado y sobre todo, con admirable ceguera, - su intención y dirección de su respiración en un entorno específico con muchos otros elefantes en vías de extinción (el negocio).

Esa confusión intrínseca inicia cuando utilizamos las palabras empresa, organización y negocio como si describieran exactamente lo mismo.

La organización resulta relativamente fácil de señalar con el dedo. Tiene edificios, procesos, cargos, manuales, presupuestos y personas que intentan recordar dónde quedó la última versión del “archivo definitivo-final-ahora-sí-definitivo.xlsx”.

El negocio se comporta de manera diferente.

Respira a través de la organización, aunque no cabe dentro de ella. Influye sobre las personas, mientras las personas influyen sobre él. Se expande, se contrae, aprende, responde, se adapta y desarrolla direcciones propias, como si participara en una conversación permanente con algo más amplio que sus estructuras visibles.

Cambiemos ahora la trama del paradigma: en vez de poner la atención en cómo “funciona” la organización, entendiéndola unísono como “empresa” giremos hacia ¿“quién percibe y crea exactamente la realidad”?

¿Es una persona, el líder que la impone? O, ¿son los colectivos de personas, los equipos? O, avancemos hacia la organización como un organismo vivo, ¿puede la organización percibir y crearla como una entidad viva independiente? ¿O es “el negocio” un campo propio que puede generar realidades a su antojo?

¿O, todos al mismo tiempo?

Acabamos de modificar completamente el paisaje.

Porque aquello que percibe también interpreta. Aquello que interpreta selecciona. Aquello que selecciona construye una versión específica de la realidad. Y esa versión termina participando activamente en los resultados que posteriormente llamamos realidad objetiva que de objetividad tiene bastante poco.

El elefante continúa sentado en la sala.

Y comenzamos a sospechar que lleva bastante tiempo observándonos a nosotros también.

 

La realidad llega vestida de editor

Caminamos por el mundo con una sensación bastante confortable de objetividad. Miramos una situación, emitimos una opinión, tomamos una decisión y continuamos avanzando con la tranquila convicción de haber interpretado correctamente aquello que acabamos de observar. Esta forma de experimentar al mundo resulta tan cotidiana que rara vez despierta sospechas. Después de todo, los acontecimientos ocurrieron delante de nuestros ojos, los datos permanecen indudablemente sobre la mesa, las personas pronunciaron exactamente las palabras que escuchamos y los resultados aparecen consecuencias lineales de sus causas, reflejados en cifras comprobados que parecen exhibir una respetable vocación por la precisión.

Sin embargo, mientras contemplamos el paisaje que creemos ser el único y verdadero, otras actividades igualmente intensas transcurren detrás de la escena, seleccionando, ordenando, descartando, ampliando, reduciendo y reorganizando fragmentos vibratorios enteros de aquello que llamamos realidad.

El contratante que habíamos acusado de ladrón porque no pagó nuestro servicio a tiempo, resultó inmerso en un panorama más grande de clientes que no le habían pagado a tiempo tampoco por lo que se estaba atrasando contigo, sintiendo vergüenza por su posición sándwich y por sus valores impecables pero baja capacidad comunicativa no nos transparentaba.

La operación interpretativa y excluyente de múltiples posibilidades de realidades posee una eficiencia extraordinaria.

Imaginémonos una misma ciudad medieval pequeña y vibrante, recibiendo durante una mañana de verano a un inversionista experimentado buscando oportunidades, a una arquitecta fascinada por la forma de los espacios y construcciones geométricos, a un jardinero enamorado de los muros antiguos y sus árboles y a un joven carterista recién enamorado y escapándose de su vida anterior evaluando sus posibilidades profesionales para un asentamiento que reiniciaría su vida. Todos recorren las mismas calles, atravesando idénticos semáforos, respirando el mismo aire y esquivando los mismos huecos del pavimento con niveles variables de éxito. Horas después regresan a casa transportando universos completamente diferentes.

Las organizaciones realizan exactamente el mismo ejercicio.

Una empresa entra en contacto con un nuevo mercado y las conversaciones empiezan a poblarse de interpretaciones. Algunos perciben expansión. Otros perciben riesgo. Algunos identifican alianzas. Otros descubren amenazas. Los más optimistas visualizan un futuro prometedor mientras los guardianes corporativos de la prudencia preparan discretamente los extintores por si la innovación decide incendiar algo.

El mercado continúa ocupando el mismo lugar y tanto la realidad misma como sus variadas visiones sobre ella ya comenzaron a multiplicarse.

Décadas de experiencias, hábitos, éxitos, fracasos, aprendizajes, temores, aspiraciones y automatismos inconscientes participan silenciosamente en esta edición continua del mundo. Cada persona incorpora capas propias. Cada equipo desarrolla patrones particulares. Cada organización cultiva maneras recurrentes de interpretar aquello que sucede a su alrededor. Con el paso de los años, estas interpretaciones adquieren tal familiaridad que terminan pareciendo propiedades naturales del universo, creando un lenguaje repetitivo único que se mantiene flotando durante siglos, códigos que se traspasan colectivamente, informaciones que se convierten en improntas energéticas que vibran, pesan, alivian y se transmiten.

Y allí el elefante vuelve a cruzar la sala.

Porque la organización como organismo vivo también edita.

Selecciona aquello que merece atención. Amplifica determinados estímulos. Ignora otros. Desarrolla preferencias. Construye reflejos. Acumula historias. Conserva heridas. Alimenta ambiciones. Protege territorios. Defiende explicaciones. Repite fórmulas que alguna vez funcionaron y, de tanto repetirlas, les concede categoría de ley universal, lo que explico por qué la personalidad de un negocio va por un lado, y la organización misma, la empresa, puede estar yendo por otro, y no quiere ver las tantas incoherencias internas que provocan un declive enorme de las ventas, de la atracción de oportunidades, de un aumento de conflictos comunicativos y un controlling financiero desesperado.

Un observador clásico, moldeado en las perspectivas acostumbradas que ahora llamaríamos distraído, podría atribuir estos movimientos exclusivamente a las personas que integran la organización.

La historia completa viaja por caminos bastante más amplios.

Ya sabemos que los patrones sobreviven a los cargos. Las narrativas sobreviven a los equipos. Las costumbres sobreviven a las reestructuraciones. Incluso después de cambiar directivos, procesos, oficinas o estrategias, ciertas respuestas continúan reapareciendo con la puntualidad de un viejo reloj suizo que jamás recibió invitación para retirarse.

Por supuesto, el negocio también participa en esa danza.

Respirando a través de la organización, absorbiendo información del entorno, ajustando direcciones intencionadas o por accidente, acumulando experiencia y ejerciendo influencia sobre quienes lo habitan, va desarrollando una identidad propia que trasciende los organigramas y los manuales de procedimiento. Su campo selecciona y también, interpreta. Su propio sistema organiza información y sus patrones favorecen determinados movimientos y dificulta otros.

La realidad que termina emergiendo nace precisamente allí, en el encuentro permanente entre múltiples observadores editando simultáneamente el mismo paisaje y esos paisajes que reaccionan, filtran e informan a su vez a los observadores.

Mientras tanto, la objetividad continúa sentada en una esquina luciendo impecablemente alabada, revisando documentos

 

La percepción fabrica futuros

Una idea inquietante anda de puntillas por numerosas disciplinas científicas contemporáneas.

La neurociencia descubrió que el cerebro dedica una parte considerable de su actividad a anticipar acontecimientos antes de que ocurran y aún más, el corazón. La psicología cognitiva encontró que las expectativas modifican la manera en que interpretamos aquello que experimentamos. La biología observó organismos reaccionando a señales del entorno mucho antes de que los cambios se volvieran evidentes y fascinantemente a kilómetros de diámetros distantes. La física cuántica, por su parte, abrió una puerta que continúa provocando debates apasionados al introducir al “observador” dentro de la ecuación.

La historia adquiere matices inesperados.

Durante siglos imaginamos un universo funcionando como una gigantesca maquinaria externa que simplemente observábamos desde la distancia. Nosotros aquí. La realidad allá.

La separación parecía clara y cómoda, nos dura y la seguimos aplicando.

Hasta que distintas ramas del conocimiento comenzaron a tropezar repetidamente con la misma piedra, perturbando nuestra cómoda visión de crearnos nuestras realidades y visiones sobre el mundo.

El observador participaba, además selecciona, va interpretando, se le ocurre alterar y como si no fuera suficiente, construye.

Un violinista de la Sinfónica Nacional escucha una orquesta folclórica de forma distinta a un principiante que baile el Gangnam Style. Un apicultor atraviesa un jardín silvestre captando dinámicas entre flora y fauna que para otras personas pasan desapercibidos. Una madre atenta reconoce en la voz de su hijo pequeño una preocupación escondida detrás de una frase aparentemente trivial. Ninguno inventa información. Todos acceden a capas diferentes de información disponibles dentro de un mismo escenario.

Es la atención y los parámetros usados que abren puertas. Y cada puerta conduce hacia una realidad particular que ahí misma se crea, se co-construye o co-aparece.

Los negocios viven exactamente la misma dinámica.

Una empresa convencida de encontrarse atrapada en un mercado saturado dedica su energía a defender posiciones existentes. Otra, operando dentro del mismo sector, descubre oportunidades que parecían invisibles para la primera. Una interpreta límites. La otra detecta espacios disponibles.

Meses después, ambas terminan habitando realidades empresariales diferentes. Chistosamente, el mercado permanecía allí desde el principio, como un campo que depende de sus lecturas.

Las interpretaciones iniciaron la construcción de futuros divergentes.

La situación se vuelve todavía más profunda cuando incorporamos la actividad inconsciente.

Aproximadamente el noventa y cinco por ciento de nuestros procesos mentales transcurre fuera de la atención consciente. Hábitos, asociaciones, respuestas automáticas, memorias emocionales, sesgos, patrones aprendidos y programas de supervivencia colaboran permanentemente en la edición del paisaje que creemos observar.

La consciencia visible racional conduce el vehículo durante algunos tramos bien reducidos. La mayor parte del recorrido ya venía programada desde mucho antes.

Las organizaciones desarrollan versiones colectivas de ese mismo fenómeno.

Creencias compartidas con historias repetidas. Celebran verdades sagradas repiten incansablemente temores heredados. Convierten éxitos en una religión corporativa y transforman los fracasos en advertencias eternas.

Con el paso de los años, estas configuraciones terminan incrustándose dentro del campo organizacional, orientando decisiones futuras mucho antes de que alguien convoque una reunión para discutirlas.

La percepción, entonces, deja de comportarse como una simple ventana hacia la realidad. Participa activamente en su construcción. Y aún más: dirige atención, moviliza recursos, genera acciones, favorece determinados encuentros y descarta otros. Fortalece ciertos patrones y debilita otros.

Tendemos a querer separar una sola causa de sus efectos y nos es más fácil y cómodo escudriñar linealmente. Por algo nos enamoramos de los expertos con muchos títulos.

Pero la realidad emergente comienza a organizarse alrededor de elecciones múltiples y combinaciones invisibles entrelazadas. Y cuando más que un observador participa simultáneamente dentro de un mismo campo, las dinámicas adquieren mucha riqueza, y las dinámicas sobrepasan el mero campo humano.

Las personas perciben. Los grupos perciben. La organización percibe. El negocio percibe.

Cada nivel selecciona información, reorganiza significados y devuelve nuevas señales al sistema completo, produciendo una danza permanente entre observador y observado donde ambos terminan transformándose mutuamente.

Esto cambia radicalmente lo que entendemos bajo la palabra “percepción” que nos parecía un filtro con la que absorbemos pasivamente. Es que la percepción ya dejó de ser un espejo. El mero acto de percepción ya participa en la arquitectura de los futuros y orienta activamente hacia la creación de posibilidades.

 

Cuando un organismo cambia la mirada

Las transformaciones más profundas dentro de un negocio rara vez llegan haciendo ruido.

Pocos escuchan campanas especiales anunciando que una empresa acaba de modificar la forma en que interpreta el mundo. Ningún cliente recibe una notificación informándole que la organización acaba de ampliar su percepción colectiva. Tampoco los mercados interrumpen sus actividades para felicitar a una compañía que finalmente descubrió algo que llevaba años respirando delante de sus ojos. La escena suele desarrollarse con mucha más discreción.

En un día cualquiera, probablemente, una conversación en una junta directiva adquiere un significado diferente. O por la intervención de un consultor creativo, una situación habitual comienza a revelar matices que anteriormente permanecían escondidos lo que lleva a que un comportamiento repetitivo deja de parecer una molestia operativa y empieza a contar una historia más amplia. Una tensión constante, instalada durante años entre departamentos, abandona el disfraz de la dificultad interpersonal, a la luz de un picnic en el parque primaveral, en el que un amigo ajeno por mera curiosidad, hace preguntas de fondo y muestra las costuras de una dinámica mucho más profunda que atraviesa el sistema completo.

El cambio sucede primero en la lectura.

Más adelante, el paisaje entero reorganiza sus formas.

Quien haya pasado tiempo caminando por bosques conoce bien el fenómeno. Durante las primeras excursiones aparecen árboles y claros. Después empiezan a aparecer matices de los senderos ya bien conocidos. Más adelante emergen hongos, huellas, ritmos estacionales, relaciones invisibles entre especies, hojas que se mueven en un lugar donde entra el viento y se quedan quietos en otro protegido, mientras arroyos de agua refrescantes elicitan pequeñas conversaciones ecológicas que llevan siglos desarrollándose bajo nuestros pies sin solicitar permiso a nadie. El bosque continúa ocupando exactamente el mismo lugar y es la mirada la que amplía su vocabulario.

Nada rato, las organizaciones atraviesan dinámicas equivalentes.

Una empresa puede pasar décadas creyendo que compite exclusivamente por precio hasta descubrir que sus clientes llevaban años comprando confianza. Otra invierte enormes cantidades de energía intentando corregir síntomas visibles en la comunicación mientras la causa principal continúa cómodamente instalada varios pisos más abajo, en el sótano de la chismología, observando el espectáculo con una tranquilidad retadora. Una tercera dedica reuniones interminables a perseguir nuevos mercados con cada vez más nuevos clientes, mientras oportunidades extraordinarias esperan pacientemente dentro de relaciones que ya existen y que nadie considera dignas de atención.

La realidad cambia de forma cuando cambia la lectura que hacemos de ella.

Por eso ciertos negocios producen la sensación de habitar universos distintos aun participando dentro del mismo sector, enfrentando regulaciones similares, trabajando con tecnologías parecidas y compartiendo incluso clientes.

Los mapas que utilizan para navegar son diferentes.

Y los mapas, por extraño que parezca, terminan moldeando los territorios.

Décadas atrás, numerosos científicos asumían que la percepción consistía principalmente en registrar información procedente del entorno. Hoy encontramos una imagen mucho más dinámica. Cerebro, sistema nervioso, corazón, memoria, emociones, hábitos y expectativas participan activamente construyendo la experiencia que posteriormente llamamos realidad. La recepción pura y objetiva empieza a parecerse a esos personajes impecables que aparecen en las fotografías corporativas sonriendo delante de una pantalla apagada: agradables de contemplar, aunque poco frecuentes en la naturaleza.

Los organismos vivos interpretan, seleccionan, organizan, priorizan. Y esa actividad reorganiza constantemente el universo que habitan.

Pasando de individuos a colectivos, de colectivos a organizaciones como organismos y de ellos a los negocios, también como campos vibrantes, los últimos realizan exactamente la misma operación.

Absorben señales del mercado, integran experiencias acumuladas, fortalecen determinados significados, desarrollan preferencias colectivas y construyen formas recurrentes de comprender aquello que sucede a su alrededor. Con el paso del tiempo, estas interpretaciones adquieren densidad, se incrustan dentro del campo organizacional y comienzan a orientar decisiones futuras incluso antes de que alguien las formule conscientemente.

Por esa razón algunas empresas desarrollan una extraordinaria capacidad para encontrar posibilidades donde otras encuentran limitaciones. No porque hayan recibido información secreta ni porque disfruten de una conexión privilegiada con los dioses del emprendimiento. La explicación resulta bastante más terrenal y al mismo tiempo mucho más profunda: están observando desde otro lugar. Es más, cultivan y premian la recursividad, las miradas diferentes constructivas (- ojo, no las críticas analíticas destructivas paralizantes, sino las enfocadas en: ¿qué haremos ahora con esto que surgió?)

Y cuando un organismo observa desde aquello que parecía invisible cruza lentamente el umbral de lo posible.

La transformación ya había comenzado mucho antes, silenciosamente, plantando su semilla, mientras el organismo entrenaba a mirar el mismo paisaje con ojos diferentes, entre ceja y ceja más abiertos.

 

La economía de lo invisible

Si esto es cierto que la forma y estructura de percibir y mirar, desde varios ángulos y campos, crea realidades, resulta curioso observar cuánto esfuerzo dedicamos a medir las consecuencias mientras las causas pasean tranquilamente por delante de nosotros sin llamar o tal vez que sí y no queremos ver, - nuestra atención. Nuestros patrones automatizados en el inconsciente nos robotizan fascinantemente.

Celebramos una venta importante, analizamos una caída en los ingresos, discutimos una alianza exitosa o intentamos comprender por qué un proyecto que parecía brillante terminó estrellándose contra la realidad con la elegancia de una gaviota distraída reposando a la orilla de unos manglares y terminando en la barriga de un cocodrilo hambriento.

Las cifras aparecen al final de la historia. La historia comienza mucho antes.

Todos conocemos la sensación que circunscribe ese comienzo invisible que se huele en el aire cuando entramos a una organización y percibimos una atmósfera densa, pesada, imposible de describir con precisión de evidencia. Conversaciones transcurren como de costumbre, el café cumple razonablemente con su función biológica y las instalaciones continúan ocupando el mismo lugar que ocupaban el día anterior. Sin embargo, algo informa continuamente desde debajo de la superficie. Una corriente casi imperceptible atraviesa las palabras, conecta ciertos gestos faciales, colorea determinadas decisiones y termina dejando una impresión que acompaña al visitante incluso después de haber abandonado el edificio: “Qué bien salí de ahí.”

Costumbres, patrones invisibles, aires livianos, sensaciones, estados extraños repetitivos: los procesos circulares gobiernan gran parte de la existencia.

Un pequeño arroyo modifica lentamente el curso de un bosque entero, yendo con las dinámicas climáticas extremas. El bosque altera la humedad del entorno. La humedad transforma el comportamiento de las especies que habitan el lugar. Las especies modifican el suelo y pueden regenerar regiones enteras. El suelo reorganiza el recorrido del agua y el ciclo vuelve a comenzar sin preocuparse demasiado por nuestras preferencias intelectuales ni intervenciones industrializadas. En el momento que lo soltamos, crea nuevas realidades.

Las organizaciones participan continuamente en dinámicas parecidas.

Una desconfianza apenas perceptible se instala en una conversación cotidiana. La conversación deja una huella. La huella reaparece semanas después en una negociación, coloreando interpretaciones que nadie relaciona ya con su origen. Las nuevas interpretaciones influyen sobre decisiones posteriores y terminan construyendo resultados perfectamente visibles que serán analizados en juntas estratégicas donde el primer acontecimiento habrá desaparecido por completo del radar. Se ha creado una dinámica propia, un campo energético, una patrón de consciencia invisible con su propia personalidad y ritmo.

Lo que pensamos es una economía visible, esa solo observa la última ola. La invisible lleva bastante tiempo moviendo mareas. Y precisamente allí vale la pena prestar atención a uno de los aspectos más fascinantes de los sistemas vivos: Lo pequeño nunca permanece pequeño ni es separado del todo.

Una célula contiene información del organismo completo. Una semilla conserva en silencio la arquitectura potencial de un bosque. Una conversación aparentemente trivial puede transportar patrones enteros de una cultura organizacional. Una tensión escondida entre dos personas consigue extenderse como tinta sobre agua hasta impregnar equipos completos. Del mismo modo, una decisión generosa, una visión inspiradora o una coherencia sostenida terminan irradiando efectos que alcanzan lugares imposibles de anticipar desde el punto de partida.

Cada fragmento transporta información del conjunto y cada conjunto expresa la información de sus fragmentos. Las fronteras empiezan a volverse sorprendentemente porosas y nuestro afán de mirar desde la separación y lógica causal se vuelve cenizas.

Nos encontramos frente matrices de consciencia con comportamientos intrigantes invisibles y a la vez, perceptibles cambiando la mirada.

Aquello que vibra en una parte encuentra caminos para manifestarse en otras. Aquello que permanece sin resolver busca nuevas formas de expresión. Aquello que encuentra coherencia amplifica su capacidad de organización. Aquello que entra en disonancia consume energía intentando sostener simultáneamente direcciones incompatibles.

Los resultados económicos terminan reflejando estas dinámicas del mismo modo que un espejo refleja el rostro de quien se aproxima a él.

El espejo participa. La causa vive en otro lugar.

Las cifras que usamos cuentan lo ya ocurrido, mientras los campos ya llevan bastante tiempo escribiéndolo. Necesitamos nuevas cifras o traducciones para incorporar el campo invisible.

 

El mundo siempre fue más grande

A estas alturas del recorrido, la “economía invisible” ya deja de parecer un concepto extraño observándonos desde la distancia con aspecto misterioso y vocación esotérica. De hecho, cuanto más nos acercamos a ella, más familiar se vuelve. La hemos estado respirando desde siempre.

Acompaña cada conversación, colorea cada decisión, participa en cada expectativa y atraviesa cada relación que construimos dentro y fuera de las organizaciones. Se infiltra discretamente en la manera como interpretamos una oportunidad, una amenaza, una alianza, un conflicto o una simple conversación de pasillo que termina alterando el rumbo de una decisión meses después, cuando nadie recuerda ya dónde comenzó realmente aquella historia.

Durante mucho tiempo intentamos separar ambos territorios. Por un lado colocamos la economía visible, poblada de balances, indicadores, estrategias, mercados y resultados. Por el otro lado quedaron fenómenos más difíciles de capturar; la confianza, la credibilidad, la coherencia, la inspiración, la reputación o aquella extraña sensación que experimentamos al entrar a ciertos lugares donde algo parece encajar naturalmente mientras otros generan el impulso instintivo de revisar dos veces la puerta de salida. La llamamos la “energía” del lugar, sin saber de qué estamos hablando y sin prestar atención a lo que realmente estamos diciendo con esa expresión. La “energía” como es invisible, no la tratamos.

Aquello que llamamos invisible de hecho, no opera fuera de la realidad económica. Participa continuamente en ella, alimentándola, perturbándola, reorganizándola y generando posibilidades que más adelante terminan cristalizando en decisiones, relaciones, innovaciones, conflictos, alianzas, ventas o pérdidas medibles y visibles.

La separación se desdibuja del mismo modo que desaparece la frontera entre el bosque y el suelo cuando alguien se toma el tiempo suficiente para observar cómo las raíces conversan con los hongos, cómo los hongos intercambian información con los árboles y cómo los árboles terminan modificando el clima que posteriormente influirá sobre el mismo bosque que les dio origen. Cada elemento participa en el conjunto y el conjunto participa en cada elemento, reflejándose mutuamente en una danza donde las causas se convierten en efectos y los efectos regresan convertidos nuevamente en causas.

Igual los negocios vistos desde un ángulo de campo vibratorio dinamico, modifican con su percepción la realidad que interpretan y la realidad responde reorganizando nuevas percepciones de los negocios. Las relaciones transforman los campos donde nacen nuevas relaciones. Las coherencias fortalecen determinadas trayectorias mientras las incoherencias consumen cantidades sorprendentes de energía intentando sostener simultáneamente historias incompatibles entre sí.

Si una porción tan significativa de la vida de un negocio transcurre dentro de estas dinámicas, entonces nuestra capacidad para leerlas adquiere un valor estratégico semejante al que hoy otorgamos a los indicadores financieros, comerciales u operativos.

Sería absurdo pretender navegar observando únicamente las corrientes submarinas mientras ignoramos la superficie del océano.

Expandamos hacia lecturas capaces de reconocer la calidad, fuerza y dirección de las relaciones que sostienen un sistema, la coherencia entre intención y acción, la velocidad con que circula la confianza, la capacidad de aprendizaje colectivo, la presencia de patrones repetitivos que consumen energía o la existencia de oportunidades que todavía no aparecen reflejadas en ningún reporte porque siguen desarrollándose en territorios invisibles pero detectables.

Probablemente los negocios del aprenderán a leer simultáneamente ambos paisajes, integrando lo visible con aquello que lo precede, reconociendo que detrás de cada resultado existe una compleja conversación entre consciencia, percepción, interpretación y realidad.

El mundo siempre fue más grande y con nuevas miradas alcanzamos nuevas orillas.

 

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